
Herman Mussert relata a los alumnos de su clase el mito de Featón, quién comete el pecado de la desmesura al osar conducir el carro de su padre Apólo. El destino trágico del personaje, que por ignorancia se da a una tarea que supera sus propias capacidades, es inevitable al igual que el destino del profesor que lo relata, esta vez más apasionado que de costumbre pues entre la normalmente apática y ahora atenta audiencia que lo oye se encuentra la mujer de la que está enamorado.
Su situación es análoga a la de su relato: la desventajosa hibris de tratar de conducir la inflamable sustancia del amor. Bien sabe que "El amor está en aquel que ama, no en el amado". Mientras narra pasa de la tercera a la primera persona casi sin darse cuenta, confundiendo el calor que abraza al personaje con el que arde en su interior.
Herman Mussert vive, con mucha humildad eso sí, en un mundo mítico donde la identidad de las cosas y la suya propia se corresponden con unas con otras (“Nunca he tenido un interés exagerado en mi propia persona, pero esto tampoco implicaba que fuera capaz de dejar de reflexionar sobre mi sin más cuando quisiera; lamentablemente este no es el caso”). Él es el Featón de su narración, es Sócrates (como lo apodan en su escuela) y también un tal “Doctor Estrabón” que escribe guías de viaje. Vive en un sistema de símbolos y correspondencias en donde la del mundo “literal” es apenas un opaco aspecto del mismo, en el que abrir una lata de judías es “una de las experiencias más sensuales” que conoce. Su historia, fuera de un orden simbólico, es una historia tal vez trivial, como la de cualquiera, porque sabe que “Sólo existe lo escrito (y que) todo lo que uno mismo hace no tiene forma, sometido a la casualidad sin rima”; también que para que esta rima exista en la vacuidad de la vida “hay que contar todo al menos dos veces”.
La historia del profesor Mussert es la de tantos otros, la de amores platónicos y trágicos como sólo puede ser El Amor. Por eso mismo, en este elocuente laberinto de espejos, su historia deja de ser trivial; ésta se repite desde los versos de Ovidio y los diálogos de Sócrates. En ella vive el mismo Eros. Y debe ser contada, aunque para ello, como en su caso, deba volver a despertar de repente en otra ciudad, recorrer viejas rutas y deba encontrar al auditorio ideal. “La historia siguiente” es por eso mismo no solo una narración sobre el amor; es sobre la belleza implícita en contar historias, sobre la vocación narrativa de los seres humanos que, valiéndose de poesía, están en eterna lucha contra la nada.
Tal vez a eso se refiera el narrador (o el Sócrates-narrador más exactamente) cuando dice "Yo era feo, y mi pasión era la belleza".
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