viernes 15 de octubre de 2010

Sobre "El hombre que amaba las islas"




Hay algunos escritores en donde se nota una permanente tensión entre la ética y la estética, como Tolstoi, en los que sus inquietudes religiosas, políticas o místicas se convierten casi mágicamente en arte mayor.

En teoría, la expresión artística debe tener como única pretensión la expresión en sí misma, el arte por el arte. De hecho, se cree (y por lo general es cierto) que el artista que comprometa su obra con algo diferente, que pretenda hacer de ella una doctrina política o religiosa, termina invariablemente haciendo un panfleto sin ninguna trascendencia estética.

El caso de D.H. Lawrence es una de esas extrañas excepciones a la regla. Lejos, muy lejos de ser su obra un insufrible panfleto místico político, es un ejemplo de vigorosa expresión poética. No porque le interese más la expresión que la doctrina (su constante insistencia en sociedad en estos temas, que lo condenaron al ostracismo, son prueba del orden de sus prioridades), más bien se podría pensar que la vocación de su literatura muchas veces es la misma vocación de los textos místicos y sagrados y por eso mismo ricos en expresión simbólica.

Estas circunstancias no demeritan si no por el contrario ponen en evidencia su capacidad comunicativa como narrador y más específicamente como poeta. El resucitado Jesús de “El gallo huido” (segundo cuento del libro) regresa al mundo de los vivos de una forma mucho más persuasiva que en su versión ortodoxa; esto es, completamente desilusionado, harto de su papel de mesías, cansado como quién ha sido expulsado de ese mismo mundo de la forma en que a él le tocó. En vez de buscar a sus discípulos, se refugia completamente inmóvil en el patio de unos sencillos campesinos. Desde allí observa a su alrededor, detenidamente, como un universo vital queda en contraste con su propia apagada existencia: “Cuados salió al patio, el gallo cacareó. Era un grito reducido, ahogado, pero en la voz del ave había algo más fuerte que el disgusto. Era la necesidad de vivir y hasta de expresar con su canto el triunfo de la vida. El hombre que había muerto se detuvo y contempló al gallo que había huido y había sido capturado; Este erizaba las plumas, se alzaba sobre los dedos, levantaba la cabeza y abría el pico presentando otro desafío de la vida a la muerte. Los valientes sonidos resonaban, y aunque estaban disminuidos por el cordel atado a la pata del ave, no se interrumpían. El hombre que había muerto miraba con claridad la vida, y veía en todas partes una basta resolución que se levantaba en tormentosas y sutiles crestas de ola, bordes de espuma que emergían del invisible azul de un gallo negro y anaranjado, o de las llamas verdes que brotaban de los extremas de las ramas de la higuera. Aquellas cosas y criaturas de la primavera surgían brillantes de deseo y afirmación. Salían como crestas de espuma, desde el torrente azul del deseo invisible, desde el vasto e invisible mar de la fuerza, y brotaban coloreadas y tangibles, evanescentes pero imperecederas a su llegada. El hombre que había muerto observaba el gran impulso en la existencia de las cosas que no habían muerto, pero ya no veía su trémulo deseo de existir o de ser. Oía, en cambio, su resonante y rebelde desafío a todas las demás cosas existentes”.

Debe reconocerse que el pasaje anterior no sólo es bello sino perfectamente sincronizado. Está puesto en el lugar ideal del hilo narrativo para conseguir la significativa imagen poética.

La obra de Lawrence esta repleta de aciertos de este tipo. Su combustible místico, sin el quererlo probablemente, no encendía el intolerante fuego del fanático religioso, si no el deslumbrante de la expresión poética.

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