
Con Muontolive, llegamos en la lectura del “Cuarteto de Alejandría” a la interpretación más irónicamente prosaica de la historia de Justine, Nessim, Darley, Peserwarden, el mismo Mountolive y los demás.
Es curioso el hecho que este libro, a diferencia de los dos primeros (y del último de la serie como veremos) está escrito en una anónima tercera persona. Da ganas de saber por qué está escrito en este estilo indirecto que, sin embargo, reflexiona casi todo el tiempo en los términos de Mountolive (es decir, no es tan omnisciente al fin de cuentas).
Gracias a ello, seguimos de cerca el proceso de desencantamiento que sufre el personaje a lo largo de la novela y somos más sensibles a la crueldad del Egipto idílico que al final saca a patadas al protagonista.
Se nos puede ocurrir que el carácter de Mountolive y su posición social son algo más bien irreconciliable con la púdica ingenuidad del narrador de las otras tres novelas, Darley. Son como extremos opuestos de la cadena político-alimenticia de la sociedad de Alejandría. ¿Qué podría hacer Darley con la información que maneja Mountolive o Nessim? ¿Preguntas ontológicas? ¿Lagrimas? (lo último es un poco injusto, la información que maneja Mountolive a él mismo le produce lagrimas).
En fin. El libro es delicioso en sí mismo porque al seguir al Moutolive joven mientras conoce sus primeros amores (Leila y Egipto), sentimos con él el asombro del hombre occidental ante una tierra y una cultura primitiva y hermosa. Sin embargo, se da un apasionante contraste puesto que luego, mientras el protagonista de estas maravillosas descripciones progresa y se envejece, también conocemos los motivos de los avatares sentimentales de Darley, Puserwarden, Nessim y sobre todo Justine: aunque sumergidos en los vericuetos de la política, no son tan románticamente profundos como los imaginaba Darley en la primera novela.
Muero de ganas por saber que nos depara Clea.
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